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Por: Julián Puig Hernández.

En su pútrido pedestal de sangre andan los terroristas asidos a las redes que el destino depara como inercia.

Se buscan las mejores reflexiones para su elocuencia pero no pueden cambiar, por más que se lo propongan, la esencia, la filosofía de su histórico proceder.

Y como harto sabido, en su fuero interior, terrorista es no sólo quien activa la mecha explosiva, sino el que apoya, comparte, anda en paralelo con el homicida.

Disfrazan, amén de sueños supremos y patrioteros, sus discursos para buscar adeptos y quienes no hurgan como se debiera, escudriñando con dedos limpios en las razones de tal convite, se ven luego ardidos en un fragor irracional que luego duele, como al contactar la piel fresca la llama terrible del bracero, donde se pone al rojo candente el hierro perforador de esas epidermis obligadas al trabajo esclavo y magro.

Puede escabullirse a tiempo el que siente la candencia y salta al costado, porque recobra a tiempo la razón perdida por instante; pero otros de espíritu servil y luzbelito, asen con placer la sangre inocente que les borbotea en las manos enlodadas, se sienten a gusto hincando cuchillos en los costillares infantiles, o en la cerviz del anciano bondadoso y en la fuente hinchada que por natura lleva la mujer fértil.

No les importan las víctimas, por encima de todo ponen sus propósitos, fétidos desde antes de emerger, y cualquier sacrificio, donde perecen los que nada tienen que ver, les son válidos y defienden sus malas acciones sacando de sus bocas insaciables, con hedor a sulfuro, reflexiones ignominiosas para la en crisis ética universal.

El peor del crimen está, para esos de cuello y corbata, en difundir una guerra contra el terrorismo acudiendo al terrorismo y amparando terroristas.

No hay que ser muy avezado en temas elementales de filosofía para comprender que la serpiente muerde su propia cola, se encaja el áspid y la humanidad toda espera las naturales contracciones que devienen al circular por sus venas el mortal veneno; pero, dicho en buen cubano, perro no come perro.

El terrorismo y los macarras de la moral

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